domingo, 31 de julio de 2011

Un artista del mundo flotante

Ono-san es un noble y celebrado artista, que a sus muchos años no deja de maravillarse cuando de regreso a casa, la contempla desde el puente de las vacilaciones, como si fuera por primera vez. En su ciudad, hubo un tiempo que fue considerado uno de los más grandes pintores. Cuando piensa en el pasado se siente muy digno, porque sabe que lo creado fue logrado con fervor, devoción y decisión. A pesar que tuvo que abdicar de la naturaleza que lo formó, de donde nacía aquella mirada decadente que lo contemplaba todo con placer, armonía e ingenuidad, sin aquel realismo violento de la pobreza, el dolor y la guerra. Dejo el mundo flotante y se internó en el arte de la superficie, en del placer de la victoria y el patriotismo.
Luego de la rendición de Japón, todo ha cambiado. Y los que antes lo creían un patriota, hoy, entre susurros y a sus espaldas, lo llaman traidor. Mientras el Japón de sus padres se va trasmutando desde el espejo del vencedor, Ono-san tiene que llevar las preparaciones para el casamiento de la menor de sus hijas sin que los fantasmas del pasado lo aguijoneen. Pero una vez más, luego de tantos años, el mundo flotante reclama a su hijo y lo enfrenta a su pasado y a sus virtudes.
Kazuo Ishiguro es un escritor impactante, de su pluma solo se originan éxitos y creaciones portentosos. Desde Pálida luz en las colinas hasta la notable Los restos del día uno vislumbra un eje poético sólido y articulado. Ishiguro nació en Nagasaki, pero vive desde los cuatro años en Inglaterra. Su obra es un desafío perfecto. El mundo oriental imbricado en el occidental, demostrando una sinergia lograda.
En Un artista del mundo flotante logra de una manera exclusiva e inigualable trazar las distintas miradas de los japoneses de la rendición. Desde el inicio de la era Meiji, Japón transitaba por un camino de transformación, y en menos de medio siglo lo vemos cambiar su ropaje, de insigne conquistador al de un niño resguardado por un viejo extranjero.
Ishiguro nos muestra, desde la mirada de un artista, los últimos años del Japón milenario y deslumbrante. Y nos acerca al origen instantáneo del Japón postmoderno. El de los edificios gigantes, el de las fábricas de autos, el de las fuentes de energía imperecederas. Aquel Japón que empieza a cambiar los samuráis y shogunes por políticos y financistas. Los jardines de cerezos por parques de cemento. Las shintos y templos por bloques de vivienda. Los largos espacios hacia el poniente por ratoneras que crecen como árboles de cien metros y que albergan millones de seres.
Escrito como lo haría un japonés entre dos mundos, este libro es una afortunada manera de conocer la belleza de oriente, como si trascurriera más allá de una vitrina detrás de la cual nos hemos sentado para leer un libro.

Un artista del mundo flotante – Kazuo Ishiguro
Muy recomendable

jueves, 28 de julio de 2011

Mendel el de los libros

Jakob Mendel es un librero de viejo, tiene su oficina en un café en el centro de Viena, el café Gluck. Desde las siete y media de la mañana hasta que se va la última persona tiene la mirada concentrada en un libro o un catálogo. Entre las palabras y sus pequeños ojos median unas lentes que, como si estuviera reconcentrando el fuego de su intelecto, penetran todos los misterios de los libros. No solo conoce toda la información que pueden reservarnos, también su precio, su condición, el mejor lugar para adquirirlo. Pero si esto no fuera ya una maravilla humana, puede organizar una recolección de información según los temas, desde los más metafísicos hasta los pertrechados de lirismo clandestino y melodramático. Puede orientarnos sobre astronomía o alta costura, sobre viajes a ningún lugar o como elaborar diversas posturas alrededor de un tema tan desamparado como el paracelcismo en la historia y su influencia en las corrientes de la piscología actual, aquella que no discrimina ningún método, desde la hipnosis regresiva hasta el análisis transaccional.
En realidad luego de conocer, a través de Stefan Zweig, a este personaje ilustre, uno se anima a adjudicarle muchas más devociones y seguro que nos quedamos cortos y no alcanzamos alguna metáfora o alguna ficción que se acerque a la elevadísima condición de la memoria de Jakob Mendel.
Además Mendel es un buen hombre y tiene en su patrimonio nunca haber fallado. Cuando logramos persuadirlo de la lectura, nos mira como atravesándonos, se dispone a escucharnos y luego de nuestra petición, emite un listado de referencias. Parece un ritual, una paraliturgia, un rezo orientado a lograr lo que nadie hace, ni los bibliotecarios más celebres, llevarnos hasta la profundidad de su intelecto, donde encontramos la biblioteca más vasta y deslumbrante de todas.
Pero un día de guerra, de ocupación extranjera, el mundo cambia para Jakob Mendel y es extirpado de su lugar y recluido durante dos años en un campo de concentración.  
Stefan Zweig es un fascinador cuando imagina o cuando crea se convierte en un mago. Nos involucra tanto en la historia que terminamos creyéndonos testigos o escribiendo como si conociéramos a sus personajes, como si en algún bar o café nos hubiéramos tropezado con ellos y hubiéramos tenido la oportunidad de escucharlos, de vivir cerca de sus vidas.
La pericia con la que escribe y el intelecto que desarrolla lo reconciliaron como uno de los mejores escritores del siglo XX.
Al leer este relato me pregunto por aquellos seres humanos que hacemos únicos. Cómo, al cabo de los años, comprendo cuánto es lo que desaparece cuando estos seres se van. Entiendo como resulta cada día más valioso personas como Jakob Mendel. En un mundo que se homogeniza, la belleza de estos seres nos permite pensar en la autonomía, en la gloria, en el silencio.
Zweig nos habla de este ser único y de su perdida, pero además nos describe la magnificencia de esta singularidad. El misterio de lo extraordinario y poderoso que se produce en nuestra existencia se logra solo a través de la concentración interior, aquella que se relaciona espiritualmente con la locura.

Mendel el de los libros – Stefan Zweig
Imprescindible

miércoles, 27 de julio de 2011

Bartleby el escribiente


Bartleby es un amanuense o un copista judicial. Trabaja en una oficina de un abogado en un segundo piso en Wall Street. Es sumamente eficiente y muy honesto, parece trabajar todo el día. Cuando llega el primero de los copistas a la oficina lo ve allí. Y cuando se va el último, aún está en aquella ermita que el abogado ha dispuesto junto a su oficina y que solo es separada por un biombo. Pero un buen día, quizás por pasársela buena parte del tiempo libre mirando por la ventana el muro de ladrillos del edificio contiguo, decide preferir no hacer ciertas cosas. Algunos encargos propios de su trabajo, como cotejar las copias con el original o enviar un documento al correo. Resuelve contestarle a su jefe con un simple: preferiría no hacerlo.
Imaginen al abogado, que es el que nos cuenta la historia, tratando de indignarse pero frustrado de no lograrlo. Porque en realidad Bartleby no es un mal sujeto, todo lo contrario, y sus negativas, no es que sean fundadas, pero lograr manifestar tal tranquilidad que es capaz de paralizar una tormenta a su lado.
Es sorprendente el letargo de su entorno. Sus compañeros de trabajo, su jefe, todos parecen convencidos que tiene razón de negarse y caen en un estado de desazón tal que expulsarlo sería no solo una ofensa social, también moral.
Luego, pasadas las semanas, Bartleby decide preferir no hacer nada más. La consternación y la ausencia de acción del abogado terminan por crear el clímax de la obra y nos involucran, generando aquella misma sensación de no saber si despedirlo, expulsarlo, echarlo fuera de la oficina o conmovernos con su soledad, tratar de aproximarnos a sus resoluciones y apiadarnos de un ser humano que no puede ser deshonesto. Estamos convencidos como el abogado, que nos cuenta el relato, que Bartleby solo es un hombre solitario. Pero, ¿de donde proviene esa soledad, que de por si resulta muy amable?
Herman Melville fue siempre un escritor que convierto la soledad en personajes memorables. Ahab, aquel héroe recorriendo el mundo para dar caza al monstruo dentado y coloso. Embarcándose en una aventura para desterrarse en el mar junto a su predador y presa. Bartleby es muy similar, un héroe silencioso y solitario, no recorre el mundo, pero si escudriña el aislamiento eterno que lo rodea y busca algo, quizás una Moby Dick distinta que se esconde en el océano que forma el muro gigante de ladrillos que ve desde su escritorio.
Melville logra en este breve relato una síntesis perfecta. El vacío, la soledad y la ausencia abreviada en un ser que encierra su espíritu dentro de una muralla yerma y proyecta su deseo, inamovible y logrado, cuando simplemente dice: Preferiría no hacerlo.

Bartleby el escribiente – Herman Melville
Imprescindible

martes, 26 de julio de 2011

La condesa sangrienta

Cuando, en realidad, pensamos sobre la libertad y sus efectos, desde la expresión más hermosa de la belleza hasta la hondura más verdosa de la tortura, llegan a nosotros como si esperaran nuestra disposición para buscarlos, como si rondaran, a perpetuidad acechante, nuestra negra noche del alma, como si entre inhalación y anhelo construyeran la nocturnidad del imperio del sueño, así, cuando, en realidad, pensamos, llegan los gritos de la criatura humana. La sangrienta herrumbre de nuestra naturaleza, aquel monstro que nace de nuestra melancolía, aquella miríada de aceros que nos acribillan la vigilia y que para perderlos en el sueño debemos mirarnos en el espejo de lo vano, de lo cotidiano y de lo digital.
Pero lo moderno no nos puede esconder lo suficiente, nuestro trato no implica la salvaguarda de nuestra tranquilidad y de vez en cuando surge una creadora que nos muestra la verdadera forma de nuestros monstros y ya, ni la superficialidad y el inmediatismo, que hemos coronado como tótems de nuestra civilidad, nos protegen de la verdad. Del apetito por aquel tipo de belleza que vincula tanto la libertad, que sus actos se despejan de todo menos de aquello que nunca muere, la muerte y la melancolía.  
Alejandra Pizarnik nos permite contemplar desde su preclara luna la profundidad pulposa, pulsante, exacerbada y sangrienta del alma de Erzébet  Báthory. La condesa sangrienta extiende desde el siglo XVI su aliento horrendo, su lujuria sádica y sus métodos incubados entre sangre, gritos y hierro, obligándonos a confesar la prevalencia de su legado.
Pizarnik va más allá y se atreve a definir a la condesa sangrienta como un mal del siglo. Una disonancia de colores y sonidos, una lentitud interior en respuesta a la aceleración exterior. En suma, una criatura melancólica que no sufría y que esa ausencia de sensibilidad hacia ella misma la inclinaba a llenar el silencio con los gritos de sus víctimas.
La condesa sangrienta es un pequeño ensayo, creado no solo para hablarnos de una proscrita belleza, sino que a la vez fue escrito tratando de torcer aquel código de horror entre sus líneas, entre el espacio dejado por las palabras en un intento de rebelión en favor de la ficción y en contra de la más cruel y absoluta realidad: la impredecible consecuencia de libertad humana.  

La condesa sangrienta – Alejandra Pizarnik
Muy recomendable