sábado, 23 de junio de 2012

La luz difícil


David decide salir de Bogotá para probar suerte en un lugar en donde sus obras pudieran tener acogida. Había sufrido pobreza y desinterés en su ciudad y esperaba que Miami fuera diferente. Se lleva a Sara, su esposa, y a sus tres hijos, Jacobo, Pablo y Arturo. Viven en Miami tres años y las ventas de sus cuadros mejora muchísimo. Lo suyo es la luz, en realidad, el descubrimiento de la luz en las oquedades, en las superficies, en las fisuras, en los espacios vastos, sobre los fósiles, sobre el polvo, sobre la inocencia, el movimiento y la sorpresa.
Se encima sobre ella y usando pinceladas de lejos y de cerca la rescata del óleo, que a veces está dispuesta y rendida a él, y otras, es esquiva y difícil de encontrar. Luego de llenarse la vista de los Cayos y las ensenadas de la nueva ciudad decide encontrar la abundancia en Nueva York y en el momento en que el mundo se abre a él, Jacobo, su hijo mayor, sufre un accidente terrible que lo postra en el dolor más indigno y en el sufrimiento más joven.
Desde su futuro septuagenario en una finca de La Mesa a sesenta kilómetros de Bogotá, David, luego de dejar de pintar para siempre, escribe, ayudado con una enorme lupa que desafía su pronta ceguera, sobre los últimos días de Jacobo. Sara lo ha dejado hacía dos años y la única forma de que ella se dejaba ver era cuando le llevaba flores a su tumba. Así, que solo y con las ocasionales visitas de sus dos hijos una vez por año, los recuerdos se agolpan en su vida como aquella luz intensa, abrumadora y difícil de señalar.
Recuerda el último día en la vida de su hijo, el viaje que hizo con Pablo, el único que lo acompaño, al encuentro de un médico misericordioso con el que había pactado su muerte. Mientras sus dos hijos viajaban hacía el descanso de la muerte del mayor, él y Sara, en su casa, al lado del cementerio,  esperaban sin soñar la noticia del fin. Mientras pasaban las horas él se sentaba frente a su último lienzo, no podía ver aquella la luz que se escapaba de la espuma que creaba un ferri frente a las costas de la ciudad. Así se dispersaba la luz que albergaba el cuerpo doliente de su hijo mayor.
Tomás González
Tomás González es un escritor colombiano de una destreza narrativa prodigiosa. Su prosa genera imágenes extraordinarias que nos hacen olvidar las palabras y nos aloja con mucha calidez y potencia en una historia emotiva, lucida y gráfica. Se dice de González que es una de las plumas mejor guardadas de la Colombia postmoderna y La luz difícil lo demuestra decisivamente.
La luz difícil es una descarga al espíritu, es una detonación brutal que se transforma en una contemplación soberbia sobre la vida. Al terminar de leerla uno siente equilibrio y quietud. Se percibe mientras se lee la genialidad que nos lleva al más profundo discernimiento del dolor y de la belleza. Nos quedamos detenidos e impresionados cuando nos invade la calidez del vuelo de los azulejos que juegan con la luz entre los frondosos arboles del cementerio o el movimiento de mariposas que hacen los murciélagos en el corredor de la finca al atardecer.   
Muy pocas novelas han penetrado con tanta intensidad en la hondura del dolor, como un haz luminoso y filoso sobre la fragilidad y la belleza humana.

La luz difícil – Tomás González


Muy recomendable   

viernes, 22 de junio de 2012

Elegía


Están reunidos alrededor de su tumba, Nancy, su hija bien amada que lo adora con todas sus fuerzas, Randy y Lonny, los hijos con su primera esposa que siempre buscan pretextos para crear distancia. Esta Howie, su querido hermano mayor y también Phoebe, su segundo esposa, la intermedia. Los amigos de la casa de reposo donde había vivido los últimos años también lo acompañan y lo lloran.
Aquel hombre que reposa dentro de una tumba ha tenido una vida feliz y amarga. Se ha casado tres veces y ha rechazado la felicidad un par más. Como si quisiera con su vida elevar una proclama a la soledad y a la vejez. Su padre lo había capacitado, muy bien, en el negocio de las joyas. Las observaba, acercaba sus ojos con la lente interpuesta a las piedras más hermosas y sabia reconocer las fracturas de la imitación y las fisuras de la baja calidad, como también la geometría de la perfección y la textura de la maravilla geológica.
Él siempre fue el hermano pequeño, aquel hermano quejumbroso y delicado que se sometió a siete cirugías cardiacas durante su vida, el que se salvó de una hernia cuando niño, el que siempre vivió con el rostro hundido y desvalido. Mientras Howie, su hermano mayor, siempre lo salvaba y lo cuidaba.
Sus primeros hijos nunca comprendieron su decisión y el no pretendía nada más que quererlos, pero los abandonó, como lo hizo con su hija, la menor, cuando ella tenía apenas trece años. Así recordaba su vida, con nostalgia y aprensión, como si los recuerdos sombríos se hubieran multiplicado, aquellos últimos días antes de recostarse en su tumba.
La elegía es una forma de escritura muy antigua, utilizada para añorar a los ausentes, para honrar sus vivencias y recuerdos. Para mantenerlos entre los vivos. De ahí el nombre en español, en mención de esta inspiración de desagravio y de ceremonia, que escribe Roth.
En inglés el título es Everyman, que más allá de hacer referencia, como dicen algunos, a una novela del siglo XV, ampara un acertado nombre para la vejez. Todohombre, como podríamos, con la libertad del adepto, traducir, nos nomina, nos invita a mirarnos en aquel futuro, cercano o tardío para algunos, en donde la vejez no es una batalla, es una masacre.
Elegía es una obra breve que se inicia y termina con la muerte y nos muestra la vida como un tránsito, como un puente, como un hundimiento. Para todohombre que traza este camino, que es la vida, solo hay una meta, un destino compartido: la muerte. Roth nos relata el desasosiego que impera en el mundo de este hombre, como una sombra delante que se anticipa a nuestros anhelos.
En este homenaje que rinde Philip Roth a los largos y últimos años, nos encontramos con una prosa lúcida, fácil y sin disimulos, que agrada y celebra uno de los temas más hermosamente tratados, la vejez. Comparado en afección y solemnidad con otros autores grandiosos como Kawabata en La casa de las bellas durmientes y García Márquez en Memoria de mis putas tristes, Roth da la talla creando otra obra maestra, de una factura imperecedera.
La muerte es la noche de esta historia, la que la crea y la establece, la fuerza más vehementemente turbadora de la vida. La vida es la excursión precedente a este fin. Nuestro todohombre es un ser observador de sus desaciertos, omisiones y resentimientos, que se posan sobre él con una carga intolerable.
Al final de sus días, como les sucede a todos los ancianos, decrecía, disminuía, pasaba las horas sin sentido, con mañanas y tardes inciertas y soportando estéril el deterioro, la tristeza final y la espera, la persistente espera de la nada. Los huesos eran su último consuelo para alguien que creía que Dios es una ficción y que esta es la única vida que tenemos.

Elegía – Philip Roth


Imprescindible

jueves, 21 de junio de 2012

La guerra del fútbol


Para las clasificatorias del mundial de futbol de México 1970, El Salvador y Honduras jugaron dos partidos, cada uno en sus respectivas canchas, que originó la guerra del futbol. El maltrato absurdamente feroz contra ambas selecciones cuando visitaron el país contrario se destacó por las conductas exacerbadas de los hinchas azuzados por los medios y por los gobiernos respectivos. Las escaramuzas que duraron cien horas produjeron seis mil muertos y veinte mil heridos, además de cincuenta mil personas que perdieron sus casas y sus tierras y decenas de aldeas devastadas.
Ryszard Kapuscinski y otros veinte periodistas, corresponsales de sus respectivos medios, se pusieron en marcha hacia los límites de ambos países. Algunos desertaron mientras iban acercándose y los últimos fueron emboscados y se dispersaron a su suerte. En aquel momento, perdido en aquella selva de la América Central,  Kapuscinski tuvo la suerte de encontrarse con un soldado hondureño que lo acompaño hasta Tegucigalpa. Antes de empezar el trayecto de regreso, el soldado se escabulló entre las ruinas de una pequeña batalla para hacerse con un tesoro inusual y recién descubierto: los zapatos de los soldados muertos. Su cuerpo no podía perder la oportunidad de llenar de zapatos a su pequeña aldea cuando acabase la guerra.
Todo acabó unas horas después por la intervención de algunos países latinoamericanos y la presión internacional. Ambos gobiernos se sintieron ganadores, aunque no cambiaron en nada los límites de su territorio, pero debido a que ocuparon por unas horas el interés del mundo disfrutaron del éxito sin importarles que para hacerlo hubiera que derramar un poco de sangre y barrer a fuego algunos pueblos.
Ryszard Kapuscinski
Ryszard Kapuscinski fue un escritor, periodista y cronista polaco de connotada influencia, con una habilidad extraordinaria de llevar la crónica y el ensayo a niveles sobresalientes y seductores. Tiene esa pericia inusual de transportar una lente invisible sobre lo narrado resaltando desde la sencillez la verdad de la crónica y dibujando maravillosamente los bajos y altorrelieves de la realidad que cuenta. Veraz, minucioso, expresivo y preocupado por los sectores más despreciados, y vigorosamente independiente frente a la presiones de toda traza, que han tratado de adulterar su mensaje.
La guerra del fútbol fue una guerra de desplazados y de territorio, como la mayoría. Un país pequeño como El Salvador con una densidad poblacional descomunal, amontona, durante los años anteriores, casi medio millar de campesinos en los bosques de Honduras. Inicialmente Honduras los acepta pero cuando los hondureños desean territorio y evidentemente el Trust internacional, que tiene secuestrado casi todo el país, no va a ceder ningún acre, entonces empiezan a expulsar aquellos campesinos expatriados que ya nadie quiere ni necesita.  
En La guerra del fútbol, Kapuscinski describe como el futbol ayudó a enardecer los ánimos patrioteros de los hondureños y salvadoreños y así fortalecer el poder de las oligarquías. Describe la guerra desde lejos y desde cerca. Como la guerra vista a distancia es solo un espectáculo y desde cerca un infierno. De cerca todo se confunde. Hasta los bandos. Y en aquellas circunstancias en donde no se sabe si el herido es nuestro o de ellos, lo más cierto es decir que el moribundo es de su madre.
La guerra del futbol nos habla del hombre bueno que se convierte en el soldado malo, el enfurecido, el alterado. Aquel soldado que no ve más allá de la punta de su nariz, el que tiene los ojos cubiertos de barro y sudor, el que dispara a ciegas, con la conciencia enterrada unos pasos atrás. Nos muestra al hombre que se ha convertido en un topo. Un topo aterrado y ausente de palabras. Un muerto viviente hambriento y sin sueño que lucha por su país sin saber porque y recibe órdenes que no sabe a dónde lo llevaran. Un ser que no tienen la menor idea de que pasara dentro de una hora. La guerra lo lleva a una situación en donde convive permanentemente con la muerte y si sale vivo y, mientras avanzan los años, el hombre bueno, que fue un soldado malo, reclama sus vivencias de guerra, que se multiplican en recuerdos, como si no hubiera dejado nunca de estar agazapado en el pozo de su trinchera.

La guerra del fútbol - Ryszard Kapuscinski


Muy recomendable 

martes, 19 de junio de 2012

Indignación


Marcus Messner es hijo de un carnicero Kosher y ha decidido ingresar a la universidad para estudiar derecho y política. Toda su vida ha estado en la carnicería, se ha cortado trozando carne, no ha dejado de respirar aquel tufo a sangre que estampa las paredes del negocio, ha acompañado a su padre a los mataderos y ha sido testigo apático de la forma Kosher del beneficio de los animales y sin embargo en lugar de entusiasmarse por el legado ha decido huir. Correr lo más lejos que pueda de su lugar en el mundo.  
Marcus y su padre se han llevado muy bien durante todo este tiempo, pero desde que Marcus ha tomado su decisión, el señor Messner ha desarrollado una paranoia por la seguridad de su hijo. Todo ha cambio en el último año a pesar de que Marcus solo estudia a pocos minutos, en el centro de la ciudad. Ni la corta distancia, ni el hecho de que Marcus regresa todos los días a una hora apropiada a casa, han logrado calmar al señor Messner, al contrario han potenciado sus ansiedades y ahora busca cualquier pretexto para preocuparse. Vive obsesionado por la temprana muerte de su hijo y lo único que hace es ahuyentarlo aún más.
Buscando aquella libertad seccionada, Marcus decide cambiar de universidad y es aceptado en una institución muy conservadora con un riguroso predominio de los valores luteranos. Una universidad en donde los judíos casi no llegan a cien y tienen que protegerse en fraternidades para evitar la discriminación y la intimidación. Sin embargo, Marcus solo quiere estudiar y decide prescindir de la hermandad que se desespera por acogerlo.
Cuando las agresiones vienen por todos lados, desde el cínico sabotaje hasta la indiferencia más marginal, desde el acecho de sus compañeros de cuarto hasta el desprecio disimulado del decano de la institución, desde los gentiles más brutales hasta los judíos, aún más crueles, en ese momento la distinguida, recorrida y suicida señorita Hutton se atraviesa en su vida. Y sus sueños se apagan cuando ve cada vez más cerca su reclutamiento en las fuerzas armadas americanas y aún más cerca la guerra de Corea.
Philip Roth
Philip Roth es uno de los mejores escritores de nuestra época. Su prosa es directa, fluida, sencilla, ligera y al mismo tiempo intensamente honda e incisiva. El lector queda atrapado y disfruta la historia, no como un observador, sino, al contrario, como el principal protagonista de la misma.  
La obra narrativa de Philip Roth conforma la primera línea de la gran novelística estadounidense. Sus personajes y los hechos que se entrelazan configuran tramas de una compleja visión de la realidad, una percepción que se esfuerza por mantenerse entre la razón y los sentimientos, enmarcada en la ansiedad del presente.
Indignación es una historia íntima, en donde la inexperiencia de la vida corta, las imprudencias del romántico, la resistencia intelectual que pretende responderle al mundo, los descubrimientos sexuales que siempre refugian el fin de la inocencia y el origen de la malicia, sirven de cerco al coraje del aprensivo y al terror del asfixiado.
Alejándose del tema de la vejez, de lo obsesivo y de lo atrevido por un momento, Philip Roth, en Indignación, pretende darnos un poderoso tributo sobre el impacto de la historia y la represión en la vida de un joven vulnerable y su protesta contra el futuro y sus oportunidades.

Indignación – Philip Roth


Imprescindible

lunes, 18 de junio de 2012

Sin destino


György regresa de la escuela después de entregar una nota a la profesora en donde pide permiso para salir. La nota es de su padre que lo espera en el negocio para terminar con urgencia algunos asuntos antes de partir, obligado por el gobierno de Budapest, a un campo de trabajos forzados. Para György todo esto es muy aburrido. Tiene apenas quince años y en lugar de estar haraganeando por ahí, tiene que sentarse y padecer todo este programa tan inútil. Ver a su padre entregar toda la empresa a su leal amigo no judío, verlo revisar los libros de cuentas una y otra vez hasta que se agote la tarde, además de aquel cofre con las joyas de la familia que también entrega y que cuyo traspaso su madrastra observa como mucha desconfianza, verla todo el día al borde de las lágrimas, contemplar como si fuera una estatua de piedra las palmadas en el hombro de su padre por los amigos que llegan en la noche para despedirse. Todo un día desperdiciado, un ritual de despedida, que ante sus ojos es mortalmente monótono.
Poco después que su padre parte, él es obligado a trabajar en una fábrica. Su madrastra está tranquila porque György ha podido sacar un pase especial que le permite regresar todos los días a su casa a descansar. Pero un día, antes de llegar a la fábrica, el bus en que viajaba es detenido. Todos bajan y son llevados a un lugar desconocido. Los mantienen durante cuatro días, luego los embarcan en un tren rumbo a Auschwitz.
Una palabra le salva la vida y le permite treinta años después contar su historia. Una sola palabra, en realidad un número. Frente al médico que lo examina amablemente, recuerda lo que le había dicho el preso que lo recibió al bajar del tren y cuando cree entender que le pregunta por su edad, él dice Sechzain (Dieciséis). El médico sonríe y señala un pequeño grupo de judíos que habían pasado antes que él. Un pequeño grupo que mereció distinto destino que el gran grupo de mujeres, niños y hombres, que sin saber en dónde están, caminan cabizbajos hacia las duchas.
Probablemente György
En Buchenwald se recupera luego de pasar casi un año en Zeitz, un pequeño campo de concentración. Mientras carga cemento, ya no desea mirarse. Sus pies han colonizado, a través de sus llagas y sus líquidos, aquellos zapatos de madera que se clavan en todo su organismo. Desea alejar para siempre sus ojos de su cuerpo, que va perdiendo toda su materia, y también ansía apartarlos de su mente, que se ha extraviado y que solo busca atisbos de felicidad en medio del exterminio. La felicidad que encuentra cuando se deja caer al suelo y que un garrote al extremo de la ira de un soldado lo entierra en el barro dándole algunos milagrosos y anhelados segundos de sueño.
Imre Kertész es un escritor húngaro ganador del premio Nobel en el año 2002. Su destreza narrativa es elocuente, sincera y preceptiva. Aborda la historia con precisión vigorosa como si enhebrara, al elaborar un lienzo de tramas complejas y añoradas, la novela con un poder de persuasión impresionante.
Imre Kertész
Si bien la vida de György tiene una fascinante relación con la de Kertész, Sin destino no es una autobiografía. La novela Kertész es una construcción basada en la frágil experiencia del individuo contra la iniquidad feroz de la Historia y en el inevitable descenso a una trampa, aquella que te come el cerebro y te convierte en una víctima: aquella que llamamos felicidad y no es otra cosa que la última renuncia de la vida o como diría György justo antes que de que lo rescataran de una montaña de cadáveres cuya levedad apenas se percibía, la vida es la felicidad de un sueño de tres segundos antes del golpe que te despierta, es la sensación de triunfo por la infinitésima fracción de pan que te clama que para la siguiente comida, si la hay, ya tienes algo en el fondo del bolsillo, o es aquella lealtad por la harapienta camisa de rayas que abrazas como a un hermano y que te identifica como carne de Holocausto y que, si tienes suerte, te acompaña durante el exterminio y sobrevive contigo.
Exactamente, eso es la felicidad en un campo de exterminio, aquella trampa que se activa cuando, finalmente decides no olvidarte de nada: del horror que se marca en tu visión, del sabor a sangre que portan las cenizas que vez caer del cielo como nieve gris, del hedor a cadáver viviente que te acompaña todos los segundos del año. Todo eso te hace vivir y descubrir que en realidad no eres una víctima, sino que tus pasos te llevaron a los lugares donde exististe o que imaginaste.

Sin destino – Imre Kertész


Imprescindible

jueves, 14 de junio de 2012

Plata quemada

Plata quemada - Anagrama
Cuando el Nene Brignone y el Gaucho Dorda aceptaron el trabajo nunca imaginaron que sería su última huida. Siempre iban juntos y por eso los llamaban los mellizos. Eran eficientes, gélidos y sin pulso. El Nene era delgado y largo, su perfil atemorizaba a cualquiera que se encontrara con él, como cuando te acercan un escalpelo muy afilado a los ojos. Su mirada estaba deshabitada, y especialmente cuando se acercaba a su víctima y le cercenaba, de un solo golpe, la vida. A Dorda le decían el Gaucho Rubio, era macizo, mecánico y feroz con los policías. Los mataba no por deporte, sino porque los odiaba. Cuando se los encontraba en el medio de un trabajito, los asesinaba y solo en esos momentos perdía su frialdad, pero seguía siendo impresionantemente eficiente. El Nene y el Gaucho eran como hermanos pero se daban licencia para revolcarse y besarse de vez en vez. Disparan con los dos cañones, como se dice en los puertos, pero preferían a los de su mismo sexo, en realidad solo se preferían a ellos mismos.
Malito era el cerebro de la banda y cuando planeaba un asalto siempre se rodeaba de los mejores y los mellizos eran los mejores. Pensaba cada detalle del asalto en la penumbra de un cuarto. Cerraba todas las cortinas de la habitación porque la luz lo dañaba. Era difícil tener con certeza una descripción de su rostro que casi nadie veía, pero que todos se lo inventaban con cubos de hielo en lugar de ojos y con una boca que nunca sonreía. La otra ficha invaluable del tinglado era el Cuervo Mereles. Elegante, carismático y homicida, con una vida llena de mujeres a las que les arrebataba la inocencia. Con una nariz que parecía un monumento y que en realidad estaba corroída por la droga que no dejaba de entrar cada minuto del día.
Juntos decidieron hacerse con una fortuna impresionante para aquella época. Asaltar el Banco de San Fernando, provincia de Buenos Aires y llevarse más de medio millón de dólares. Pero nada fue sencillo y menos cuando los otros cómplices no recibieron su parte. Y menos, aún, cuando los otros cómplices, los que estaban de espectadores, eran el jefe de la policía y algunos políticos ilustres.
Ricardo Piglia es un escritor argentino soberbio. Su narrativa es sencilla, locuaz y de crónica. En la literatura castellana se ha convertido en un referente imprescindible. No solo ineludible en la novela policial, también en la docencia del relato, de la intriga. Su protagonismo en la narración de este hecho real que el convirtió en novela, es palpable en cada página.
Plata quemada es una obra correcta, sobresaliente y amoral. Piglia tuvo acceso a documentos confidenciales que describen y testifican el trágico cerco que aguantó la banda de Malito. Y estos expedientes judiciales, transcripciones secretas y declaraciones son transformados en una crónica novelada de una calidad excepcional. El lector no deja pasar ningún detalle y se abisma sobre la necrología con una voracidad que deja un sabor agitado después del vertiginoso final de la historia.
Plata quemada no solo es una crónica muy bien escrita que narra el fatal final de inolvidables personajes, también nos habla sobre la corrupción sistémica e institucional, nos narra la ferocidad del ciudadano común que se ve afectado por el olor de la plata quemada y reacciona como si hubieran intentado extirparle el alma, reacciona con ira y brutalidad, mucha más que la que le puede generar la muerte de un ser humano inocente.    

Plata quemada – Ricardo Piglia

Imprescindible

domingo, 10 de junio de 2012

Las benévolas


Maximilian Aue es un SS-Obersturmführer (como un teniente en el escalafón convencional) cuando es enviado al frente Este en 1942. Mientras el 6° ejercito de la Wehrmacht enfila hacia Stalingrado, a la SS se le ha encomendado una misión privilegiada: deshacer las incursiones certeras de los bolcheviques en la retaguardia y los sabotajes de los partisanos, además de eliminar uno de los objetivos más importantes del Reich: la amenaza judía. Aue empieza su misión con mucha eficiencia: se encarga de la logística del exterminio judío en cada pueblo que el ejército deja atrás. Por ejemplo, todos los judíos de Jitomir son convocados a las afueras del pueblo, cerca de un acantilado mediano que podría albergar a los casi cien mil. El engaño de una reubicación se convierte una de las más sangrientas Aktion, como les denominaban los de la SS, que se perpetraron aquel año y para el SS-Standartenführer Blobel uno de sus más reconocidos logros. Desde aquella acción Aue no puede mantener mucho tiempo la comida en su estómago, empiezan sus náuseas y vómitos crónicos que lo acompañaran toda la campaña del Este. No lo entenderá hasta mucho después, pero empezara a diferenciar el crimen del asesinato. Si mata a un judío de manera eficiente y rápida, con el menor sufrimiento posible y luego de una orden directa, no es un crimen y no tiene que pagar por él. Pero, si es creativo y deja que sus impulsos exploren y, principalmente, no hay una orden expresa, la muerte de ese judío es un crimen y merece la máxima sanción. Recuerden que es aún 1942 y la masacre recién empieza a institucionalizarse. Pero esto que dicen sus jefes es solo teoría. En la práctica la locura impera y los Waffen-SS, los Orpos, los Askaris se descontrolan y transmutan su terror en juego.
Esta situación mortifica a Aue y trata de evitarlo. Antes de que la locura yaciera en su mente de forma permanente es enviado al Cáucaso. Hacer el trabajo de inteligencia lo aleja de los exterminios que se hacían cada vez más innovadores y lo acerca al estudio de las lenguas y los pueblos. Al fallar a favor de los Bergjuden del Cáucaso, considerándolos convertidos al judaísmo en lugar de origen judío y por tal motivo, exentos del exterminio, su comandante el SS-Oberführer Bierkamp, sintiéndose traicionado, lo envía a Stalingrado.
El 6° ejército de la Wehrmacht ha ingresado a Stalingrado y se ha estacionado en la orilla oeste del Volga. El clima, la vehemencia por lograr un triunfo desesperado, la soberbia de sentirse una raza superior y subvalorar al enemigo a condiciones de subnormalidad, hizo que el ejército Nazi del Este quedara atrapado en un Kessel (un caldo, un tazón de sopa). El Doctor Aue fue prácticamente echado sobre aquel gigantesco caldo como un ingrediente más.
En enero de 1943 el 6° ejército alemán del Este es destruido por las fuerzas bolcheviques y después de ser testigo del vacío en las miradas de los Hiwi (soldados de origen no alemán que luchan por Alemania) que sabían que no saldrían de ese lugar vivos, de la resignación a la muerte de los mutilados, del canibalismo como única alternativa de los hambrientos, de las fogosas manadas de piojos que dibujaban, como tatuajes en movimiento sobre los cuerpos helados de los muertos, las geometrías más tortuosas. Después de ser testigo del infierno, una bala le abrió un nuevo ojo en el centro de su frente.
El destino lo deja vivir para ser testigo de otro infierno, rescatado antes de la caída de Stalingrado es ascendido y premiado, y se dedica, con una mente distinta, con una locura más seria, mas consciente, más comprometida, a convertirse en un engranaje eficiente en la solución final para los judíos, su exterminio total. En el año 1943, Himmler anuncia en el castillo de Polsen a todas las autoridades de la SS, a los ministros y los generales, y lo dice por primera vez, a pesar que ya se viene ejecutando desde hacía años, que lo que estaban haciendo con los judíos era un genocidio. Y estaba absolutamente justificado.
Jonathan Littell
Jonathan Littell es un joven escritor franco-estadounidense que en esta obra muestra una maestría narrativa impresionante. Luego de cinco años sumergido en artículos, ensayos, testimonios y viajando incansablemente por aquellos pueblos y villorrios que relata en la trama, construye una novela de magnitudes grandiosas. Un referente literario de una de las mayores atrocidades reveladas en la historia humana. Su experiencia en los grupos de salvamento humanitarios en Bosnia-Herzegovina, Afganistán, Chechenia y el Congo lo contactan con su sensibilidad y con aquellas fuerzas que le permiten explorar las profundidades y las superficies de lo humano. Su origen judío-polaco lo lleva a iniciar este gran proyecto con el propósito de mostrar un referente distinto, de crear un fresco dolorosamente real e inolvidable.
Las Furias de Orestes
Las Benévolas es una novela extraordinaria, vertiginosa, honesta y sin mordaza. Hace referencia a las Orestíadas escrita por Esquilo, en donde las Erinias o Euménides (Benévolas), bautizadas posteriormente por el latín como Furias, son las apoderadas femeninas de la venganza, temibles diosas que atormentaban a los parricidas. Pero este libro, que es divido capitulo a capitulo como una partitura musical, no solo nos permite ingresar de manera brutal en la mente de un asesino, también nos consiente la entrada a aquel estado de hipnótica perturbación que instauró el democidio más atroz de la historia de la humanidad.
Parados en aquel mundo materializado que crea Littell, que ha perdido sus cualidades de ficción devorada por el realismo más feroz, podemos percibir, como si la violencia fuera aquella marea que nos paraliza, que nos aletarga cuando tenemos medio cuerpo dentro de un mar sosegado, que en ninguna guerra, conflicto o enfrentamiento, por más simple y llano que fuera, podemos escapar a la mirada del otro, del enemigo, del torturado, del violado, del desmembrado, del humillado.
Por más que le inventemos cualidades bestiales o subnormales, por más que los cataloguemos inferiores a nuestras mascotas o hasta de menor consideración que la leña que usamos para cobijarnos, por muchos motivos que nos inventemos para quitarles sus rasgos humanos nunca, aquel Nazi sanguinario y torturador, nunca aquel soldados japonés caníbal e insano, nunca aquel Hutu macheteador de Tutsis, nunca aquel senderista descuartizando de bebes, podrán demostrar que el otro NO existe, al contrario, la absoluta verdad, que entierran en sus profundidades, les seguirá diciendo que el otro existe como otro, como humano y que no hay voluntad, ni ideología, ni necedad, ni droga que pueda eliminar o cortar ese vínculo, suave pero indestructible. 
        
Las Benévolas – Jonathan Littell


Imprescindible