
Esta extensa metáfora no se acerca ni un poco, a lo que sentirán cuando empiecen a leer la novela de Javier Marías. La metadona y el LSD quizás los aproximen más. Pero luego, la suerte ya esta echada.
Javier Marías escribe una de las mejores novelas que se han podido escribir en nuestro idioma. La singularidad de la historia y el ingreso impetuoso en el mundo interno de Juan, que no ha querido saber, pero ha sabido, es impactante. El conocimiento se luce a lo largo de todo el relato. Es como si estuviera hilando una filigrana uniendo inicios y finales, doblando medios y conclusiones, recomponiendo y rasgando la trama para que, al mismo tiempo en nuestra mente, ocurra, con las ideas, los conceptos y las creaciones, lo mismo. Exactamente lo mismo. El amor, el secreto, el asesinato, la tristeza, la sensación de huir porque nos persiguen sin saber quien, ni en que momento. La certeza de que algo va pasar, algo que va cambiar todo nuestro mundo. La normalidad casi inaccesible para todos, debido a la distracción de la hegemonía de lo cotidiano, queda revelada y no podemos escapar de la verdad absoluta que se estrella sobre nuestros rostros:
“Mis manos son de tu color, pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”.
Corazón tan blanco – Javier Marías
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